viernes, 11 de junio de 2010

Isaac, Rebeca, Esau, Jacob: Genesis 27:30-36


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Escribiendo el derecho con renglones torcidos


Génesis 27:30-36

No bien había terminado Isaac de bendecir a Jacob, y éste de salir de la presencia de su padre, cuando Esaú volvió de cazar. También él preparó un guiso, se lo llevó a su padre y le dijo: —Levántate, padre mío, y come de lo que ha cazado tu hijo. Luego podrás darme tu bendición. Pero Isaac lo interrumpió: — ¿Quién eres tú? —Soy Esaú, tu hijo primogénito —respondió. Isaac comenzó a temblar y, muy sobresaltado, dijo: — ¿Quién fue el que ya me trajo lo que había cazado? Poco antes de que llegaras, yo me lo comí todo. Le di mi bendición, y bendecido quedará. Al escuchar Esaú las palabras de su padre, lanzó un grito aterrador y, lleno de amargura, le dijo: — ¡Padre mío, te ruego que también a mí me bendigas! Pero Isaac le respondió: —Tu hermano vino y me engañó, y se llevó la bendición que a ti te correspondía. — ¡Con toda razón le pusieron Jacob! —replicó Esaú—. Ya van dos veces que me engaña: primero me quita mis derechos de primogénito, y ahora se lleva mi bendición. ¿No te queda ninguna bendición para mí?

Cuando leemos la historia de Isaac, Esau y Jacob, inevitablemente pensamos, aunque no lo digamos, que Dios cometió una injusticia. Precisamente por eso titulamos a esta reflexión “Dios escribe el derecho con renglones torcidos”. Cuando avanzamos un poco en la historia, nos damos cuenta, que el aparentemente bueno, Esau, en realidad no era tan bueno y que el aparentemente malo, Jacob, en realidad no era tan malo. Toda la vida de Jacob es la de un “suplantador”: engañó a Esaú, engañó a Labán. Es el prototipo del jeque beduino aprovechado, muy lejos de la generosidad y apertura de miras de su abuelo Abraham. Pero era instrumento de la Providencia divina para plasmar sus designios en la historia al hacerle heredero de las promesas contra toda ley puramente humana.
Al descubrirse el engaño, Isaac, en vez de maldecir a Jacob por su conducta, como si se tratara de una acción mágica que no se puede deshacer, se resigna al hecho permitido por Dios y da por válida e irreformable su bendición al hijo menor. Es que, según la mente del autor sagrado, que aquí sobre todo hemos de considerar, la mano de Dios andaba en el negocio, y, valiéndose del engaño, había cumplido sus designios de amor sobre Jacob. Esaú, sin embargo, pide se le asigne también una bendición, y se queja de que su hermano le haya suplantado dos veces (v.36). Pero ¿qué le puede desear ya Isaac para Esaú, si ha dado ya todo a Jacob, la fertilidad de la tierra y el dominio de las naciones y la superioridad sobre sus hermanos?
Hermano, de alguna forma Dios cumple sus propósitos. Hay, sin duda, aquí un misterio, el misterio de la elección divina, que no depende de ley alguna humana, sino de la libre voluntad de Dios. Así lo declara San Pablo en Rom. 9:6s . La ley humana, basada en la generación, no entra aquí para nada. Ismael era hijo de Abraham y no heredó las promesas mesiánicas. Esaú lo era de Isaac y también fue excluido de ellas. La promesa nació de la libre voluntad de Dios, y según esa voluntad se transmite. Es el misterio de la vocación de los pueblos y de las almas. Jesucristo dirá que “nadie viene a El si el Padre no le trae.” El profeta Malaquías comenta este pasaje diciendo: “Yo os he amado, dice Jehová. Vosotros decís: ¿En qué nos has amado? ¿Esaú no es hermano de Jacob, dice Jehová? Y yo he amado a Jacob, mientras que he detestado a Esaú, y he hecho de sus montañas campo de devastación, y de su heredad pastizales de desierto. Y si Edom dice: Hemos sido aplastados, pero reconstruiremos las ruinas, así dice Jehová de los ejércitos: Ellos reconstruirán, pero yo destruiré. Y los llamarán tierra de impiedad y pueblo contra el que se irritó para siempre Jehová. Vuestros ojos lo verán y diréis: Es grande Jehová aún más allá de su territorio,” es decir, de la tierra otorgada a Israel. Estas palabras del profeta parecen eco de los vaticinios que contra Edom pronunciaron Amos, Isaías, Jeremías y Joel, a los que se une el salmista con estas otras: “¡Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos!”
Hay, sin embargo en esta historia, algunas verdades que pueden sernos útiles
  1. Todos olvidaron la profecía que Dios había dado, de que el mayor serviría al menor. Jacob y Rebeca trataron de hacer cumplir la profecía por medios humanos engañosos. Se les olvidó que si era el plan de Dios, él lo haría cumplir sin necesidad del concurso humano. Esau se olvido de lo que Dios había dicho Génesis 25:27-34, si el hubiera recordado la profecía no se había amargado ni habría reaccionado como reacciono. Isaac, a pesar de la profecía, trata de darle la bendición a la persona que Dios no tenia entre sus planes, representa a todos los líderes de las iglesias, que conocen tan poco la voluntad de Dios que le entregan la primogenitura al Diablo en vez de a Cristo.
  2. La conducta de Esau, por su parte es digna de mención: a) Se siente abrumando por el dolor desgarrador del corazón b) Dirige sus agravios al que el creía ser el verdadero autor de su desgracia, Jacob, ignoraba que era un decreto divino expresado por medio de una profecía predictiva c) Aboga patéticamente con su padre, como si el padre pudiera revertir la situación que estaba directamente manejada por Dios d) Se contenta con una bendición inferior, que en realidad parece más una maldición. Pues se le anuncia que toda la vida va a tener que auto defenderse para sobrevivir. NADA DE ESTO APROBECHABA YA. Cuando Esau vendió su primogenitura, realmente no sabía que había perdido.
  3. La conducta de Isaac es reprochable, conecta una bendición solemne con una gratificación de los sentidos. Le da poca importancia a la profecía que ya Dios había dado.
  4. La conducta engañosa de Jacob y Rebeca era innecesaria, ya el había obtenido por un plato de lentejas la primogenitura y podía obtener la bendición legalmente mediante un acuerdo. Además que si Dios lo había predicho se cumpliría mediante sus métodos.
  5. El amor de Rebeca por su hijo Jacob, era un amor pervertido y parcializado. Indigno de una madre
  6. El pacto de Dios vence todos los errores y pecados del pueblo de Dios y logra su objetivo. INTRODUCCIR AL MESIAS POR MEDIO DE UNA SIMIENTE PREVIAMENTE ELEGIDA Y COMPLETAMENTE PECADORA A PESAR DE SU PIEDAD

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